La veranada en el norte del Neuquén

La Veranada - regreso desde Pehuenia - Andrea Lípari

Ahora la ruta provincial 26 deviene una larga recta hacia el sureste. Avanzamos dejando atrás el sol decisivo de las seis de la tarde. Las sombras de las montañas comienzan a inclinarse sobre el valle estepario que recorre el camino y en el fondo de la cinta gris aparecen manchas que pivotean sobre el horizonte. Con tiempo suficiente estacionamos sobre la banquina, se acerca la cabecera de un rebaño que va camino a la Veranada. Estamos aquí detenidos y comienzan a rodearnos las primeras cabras. Nos bajamos del auto y quedamos sumergidos en oleadas de pelos blancos, negros, marrones, un mar de cuernos y cabezas que viajan arrastrando el cansancio y la sed. Vemos que indiferentes nos ignoran, mientras escuchamos sus balidos con los que parecen empujarse y alentarse a seguir. Por los costados circulan los perros que ladran para mantenerlas en la huella. Cuando pasan entre nuestras piernas las acariciamos, les sacamos fotos, nos deleitamos con su proximidad. Detrás de ellas vienen los arrieros azuzándolas con sus gritos, especie de cánticos, o de sílabas alargadas que se despliegan y retumban entre las laderas de los cerros.

Mientras sucede este transcurrir de cuernos y cabezas, vemos que se aproxima uno de los crianceros, parece el que gobierna los gritos. Alzo la mano y lo saludo invitándolo a detenerse. Enseguida se acerca y tira de las riendas de su zaino. El soberbio animal muestra ya el cansancio del día, la respiración agitada, el pelo sudado debajo del recado. Con un enérgico grito el hombre silencia los ladridos entreverados de los perros inquietos. Sin embargo hay uno que venía callado, un cachorro negro con manchas blancas que parece ser parte del zaino, tan cerca, tan debajo, tan adentro de las patas del caballo camina. Sin ninguna originalidad le digo, buenas tardes.

—Buenas tardes, Deolindo Vega —se presenta, lanzando su identidad con tanta decisión como la que debe haber tenido para salir con este arreo.

El hombre, orillando ya los setenta años, la marca de mil soles en la piel, la barba espesa y descuidada, se toca con el pulgar el ala del sombrero para elevar el frente, intenta acomodarse mejor sobre la montura, respira hondo ensanchando el pecho, y en un acto casi reflejo dice, o casi pregunta, andan veraneando. Antes de contestarle se me cruzan mil preguntas, las mil insuficientes preguntas necesarias para desentrañar algo de esta forma de vida errante, de esta distancia inabarcable que existe entre su vida y la de quienes solemos mirar embelesados el discurrir de la hacienda. Y ante la certidumbre de esta imposibilidad de saber, sólo se me ocurre decirle que sí, que estamos conociendo la zona, y preguntarle sólo para dónde van, mientras siguen pasando las cabras entre nosotros.

—Allá —me dice y señala hacia el oeste, hacia la Cordillera—, a Pichi Neuquén, tenemos que pasar entre esas dos montañas.

—¿Y cómo va todo? —le pregunto.

—Bien nomás —contesta con una leve sonrisa.

El hombre dice “bien nomás”, y por un instante me detengo sobre esas dos palabras, sólo dos palabras cuyo significado parece amplificarse en los avatares de una existencia.

El hombre que dice “bien nomás” lleva otro caballo de tiro, el carguero, un tostado al que le han acomodado los bártulos como para que se sostengan alrededor de él en un equilibrio inestable. Pareciera que todos los enseres para la Veranada viajan sobre su lomo, sólo en el costado que le vemos cuelgan del recado varias ollas de diversos tamaños y dos pavas tiznadas y con las abolladuras de añosos traslados. El caballo de carga se ha detenido detrás, resopla, mantiene la cabeza vencida al lado de las rodillas del zaino. El freno, el bozal, el cabestro, la cincha, todo muestra los remiendos apurados de la partida.

Este hombre que dijo “bien nomás”, ahora me cuenta que viven en Chorriaca, que esta vez su mujer quedó allá, no andaba bien, y usted sabe cómo es esto de andar tantos meses fuera de la casa. Antes ha girado a medias el cuerpo sobre su montura y ha hecho un ademán hacia atrás, hacia donde todos dejaron todo, y se quedó un instante detenido mirando el camino recorrido, como en un fogonazo sustancial que quisiera abarcar lo que quedó en Chorriaca. Hago un breve cálculo de distancia y concluyo que han viajado no menos de seis días con sus noches. Pienso en esos días, pero sobre todo en las noches, en el armado de los campamentos, en los resguardos contra el viento, en los actos cotidianos de desarmar y armar y acomodar las monturas. Cada descanso, cada partida signados por un sinnúmero de tareas sometidas por la intemperie, por el suelo, por el agua.

El hombre que dijo “bien nomás” vuelve a enderezar el cuerpo sobre el zaino y ahora, con la mirada algo cegada por el sol, parece abarcar todo el camino hacia adelante, todo el contraluz, lo que resta para llegar a Pichi Neuquén. En ese futuro que los espera, en los futuros días y meses, vivirán en puestos que son bosquejos de una casa, y este hombre dedicará ese futuro a estas cabras que siguen pasando entre nuestras piernas. Pienso en ese tiempo, el tiempo que tantas veces uno imagina tan escurridizo como la nieve bajo el sol, ese tiempo medido en meses que este hombre destinará allá arriba a proteger a sus cabras, la suma de los esfuerzos de su vida. Es demasiado tiempo, puedo decir, ignorando seguramente de cuántas noches hablo, de cuántas lluvias, de cuántos fuegos encendidos y de mañana apagados.

Comienza a circular casi el final de la manada. Hemos cruzado dos o tres frases más de circunstancia y entonces le pregunto a don Vega por el perro, que no se ha movido de debajo de su caballo.

—Tarzán se llama —me dice—, va siempre al lado mío, hasta duerme conmigo, al ladito, con lluvia o con sol.

Ahora el hombre hace un leve movimiento con las riendas del zaino. El animal retrocede dos pasos y él se acomoda en el recado. Le digo que ha sido un gustazo hablar con él y le tiendo la mano para saludarlo, hasta siempre don Vega. Me la aprieta y siento la aspereza de su palma, siento la misma firmeza con la que ahora sí tira de las riendas hacia un costado para seguir el camino, mientras me dice, que tengan suerte, y arranca. El contorno homogéneo de Deolindo Vega, con su caballo y su perro, se oscurece contra el sol, como si se fundiera con los colores opacos de las cabras.

Esta crónica fue publicado en el suplemento Señales del diario La Capital de Rosario, el domingo 22 de junio de 2014.-

 

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2 comentarios en “La veranada en el norte del Neuquén

  1. Entrañable crónica. Soy una lugareña que se me hace imposible desprenderme de esa áspera historia y exquisita geografía. Muchas Gracias

    • Gracias Itta por el comentario. Me pregunto si serás del norte del Neuquén, como parece. Te cuento que es ésa una zona que me atrae sobremanera, no sólo por la geografía, sino también, y sobre todo, por la gente. De sus habitantes tengo mil anécdotas y recuerdos que mantienen viva en mí esa necesidad de visitar Neuquén cada vez que puedo.

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