Palabras sobre la Ruta

Hacia Neuquén (ciudad)

Hay los que pretenden decirme qué café tengo que tomar, qué zapatillas me tengo que poner, qué pasta dental debo usar para mejorar mi sonrisa. También están los que, de múltiples maneras y en estudiados colores, me ordenan tomar o comer líquidos o alimentos que no me gustan, y menos me gustarán si debo responder a ese apriete. Pero me voy a referir a los otros, los decisivos, los que interesan en la realidad de cualquier viajero que se precie, los que desde sus múltiples formatos y colores, anuncian algo necesario. Los carteles que enmarcan la ruta, los que nos salvan la vida, son los que también anuncian los lugares donde vive la vida, los que contienen las palabras que van copiando y también adelantando los nombres que luce nuestro GPS de papel. Además de padecer nuestra voracidad fotográfica, los avisos y carteles que aparecen albergando el camino se constituyen en parte irreemplazable de nuestra propensión a nuevas revelaciones, a nuevas vistas, a insólitos parajes o pasajes de la geografía caminera. Así, nombres como los que embellecen los arroyos, ríos, cañadones, quebradas, parajes o montañas de vastas zonas de la Patagonia, conmueven y exaltan nuestro espíritu viajero.

Las palabras que incorporan la partícula “co” a continuación de otro nombre, o las que finalizan con ella, de procedencia mapuche, tienen una sonoridad de percusión grave, como una última nota que cierra una sinfonía alborozada. Así, esa partícula, a la que modifican ciertos atributos o estados relacionados con el agua, puede significar agua de determinado lugar, o agua que desciende de determinada manera, o río que brilla en el paisaje cuando está nublado, o agua que brilla bajo las cumbres. Entonces, encontrarnos con la palabra Collicó (Agua Colorada), nos provoca sonoridades de nuevos colores, que logran teñir las aguas con notas de octavas musicales misteriosas. Curicó (Agua Oscura) aparece como una palabra que nos obliga a entubar los labios, que nos lleva a imaginar la concavidad donde podemos acunar el viaje. ¿Y alguien es capaz de insinuar que “Cutral Co” (Arroyo de Fuego) no es una metáfora brillante de la ciudad petrolera que anuncia?

Las expresiones complementadas con la palabra Mahuida, siguiendo a un adjetivo, significan montaña a la que le sucede o hace algo, por decir: que fuma, o montaña baja, o montaña que rasca el cielo. Pensamos que nunca habrá sido fácil adjudicarle un adjetivo o cualidad a una montaña. Sin embargo los mapuches se las ingeniaron para poetizar sus geografías.

Los nombres que incluyen la voz “hue”, aluden a lugar o territorio, y hacen referencia a ese determinado lugar que uno cruza y que, atravesándolo y nombrándolo, aunque sea dentro de nosotros, escuchamos y sentimos la voz ahuecada de la palabra, el sonido casi gutural que debemos producir angostando la boca, y todo eso porque un oportuno cartel así lo anuncia.

Por supuesto que el cartel que más nos conmueve cuando lo encontramos, el que más nos traslada a un sentido de pertenencia, es el que luce inequívoco y orgulloso el número de nuestra ruta: 40. Cuando nos sorprende, cuando nos detenemos ante él, cuando nos bajamos, es como si encontráramos a un amigo entrañable, una referencia concreta e imprescindible de nuestro paso por allí, un ubicuo testigo omnisciente. Parece algo extraño, pero sentimos como si ese número redondo, mítico, nos hubiera estado esperando todo un tiempo de separación, de mutuas ausencias involuntarias.

En nuestro último viaje, circulando por la ruta neuquina número 17, llegando al Lago Cerros Colorados, nos cruzó un cartel verde ribeteado en blanco, vertical él, angosto, solitario, casi desapercibido en su timidez, que lucía sus letras blancas contra un horizonte ya enrojecido, para conformar sólo las palabras de un lugar: Sauzal Bonito, 8 Km. Y podemos asegurar que ése fue uno de los más bellos anuncios que atravesamos en todo el periplo por el Neuquén. Porque, ¿alguien puede decir si hay un nombre más atractivo para un pueblo, que ése? Palabras que se refieren a un conjunto de árboles, que incluimos con satisfacción entre los autóctonos, y que además prometen incurrir en la categoría de bonitos. El apurado atardecer nos desalentó a recorrer los ocho kilómetros de distancia hacia esa bella comunidad de árboles. Luego de dejar atrás el cartel, nos fuimos pensando en la génesis del nombre, en el momento de imponerlo, en qué factores habrán sido necesarios que concurran, en quiénes se habrán tenido de poner de acuerdo, en qué ideario habrá transcurrido por la mente de esos pioneros de tan inmensa generosidad, de tanta exactitud para los nombramientos o para los bautismos. Nos prometimos volver cuanto antes a conocer Sauzal Bonito, allí, a la vera del Río Neuquén, donde seguramente los sauces acompañan su andar.

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