Los Fuegos de Casabindo – Uno

Casabindo - Jujuy

Iniciamos el regreso de Casabindo y al cabo de la segunda curva del camino, viajando adentro de la tierra suspendida del vehículo anterior, comenzamos a revivir las mil imágenes atesoradas. A contra luz, en este alto atardecer de la Puna, en esta calma que parece provenir del origen de los tiempos, cada una y todas las partículas del aire nuboso se conjuran para formar contra el cielo las imágenes de los acontecimientos vividos. En ese pueblo color adobe, cada 15 de agosto se celebra su fiesta principal, la recordación de lo que llaman la Asunción de la Virgen. La vuelta hasta Abra Pampa es lenta, somos muchos los que regresamos. Y este sosiego nos permite pensar que todo lo que nos ha sucedido durante el día parece teñido por la impronta sosegada con que viven los habitantes del noroeste jujeño. La vuelta permite esto, disfrutar de este sosiego que el camino de ida nos había impedido esta mañana, dominados entonces por el nerviosismo de llegar a Casabindo.

La zona de Casabindo, como toda la Puna, estuvo poblada, desde hace más de diez mil años, por sus habitantes originarios. Allí vivían en armonía casi perfecta con la Pachamama y con sus creencias y divinidades vinculadas a los astros y a la naturaleza. Muchos siglos después, la religión católica llegó con sus embajadores de largas túnicas para cederles, o mejor, para obligarlos a sus creencias. Así, en los albores del 1700 los jesuitas construyeron en este pequeño valle y con el esfuerzo de los creyentes más aplicados, la primera iglesia de la zona. El edificio, al pie del Cerro Casabindo, hoy luce sus muros recién blanqueados. En cercanías de esta iglesia comenzó a desarrollarse de a poco el pueblo. Hoy lo constituyen dos calles estiradas de norte a sur y de unos doscientos a trescientos metros de largo. Sobre ellas toleran los fríos y la altura de tres mil quinientos metros, unas treinta casas humildes, de construcción baja, raleadas entre terrenos baldíos, irregulares, casi todossin inútil demarcación. Frente a la iglesia, en sus alrededores, en la pequeña plaza y en las calles que desembocan en ella, se desarrolla la única fiesta taurina de nuestro País.

En los trescientos sesenta y cuatro días que dura la espera entre un 15 de agosto y el próximo, Carmen es la depositaria de las llaves del templo. Ese día los apuros por entrar intentan arrebatárselas mucho antes de que salga el sol. Pero ella, que resiste estos embates desde hace cuarenta años, que sabe desde hace cuarenta años que aquí nada puede comenzar antes, recién cuando su reloj marca las seis, sale de su casita, camina unos pasos protegiendo las llaves con el cuerpo encorvado, y entre apretujones llega y logra abrir las dos gruesas puertas de ingreso. Para ese momento ya forman una larga fila para entrar los promesantes llegados desde varias leguas alrededor. Esto también sucedió esta mañana, dice Carmen, tuvieron que esperarme, aunque varios me golpearon la puerta, pero no, yo no entrego las llaves a nadie, salvo al cura de Abra Pampa que viene a decir sus misas ciertos domingos del mes. La casita, como todas aquí, es de paredes marrones, techo bajo de cañas, y casi se roza con el blanco inmaculado de las paredes eclesiales. Carmen deja ver la enorme blancura de sus dientes casi perfectos cuando se ríe con ganas de alguna ocurrencia suya. A lo mejor cuando me muera logren quitármelas, dice y enarbola en alto dos gruesas llaves oscuras, forjadas en fierro, como si de su posesión dependiera el aire de sus pulmones. Mire, continúa, una vez hace muuuucho, vino alguien, un hombre, parecía venir  de Jujuy, de la capital. De traje, bien vestido, no era de acá, se notaba. La cuestión que se apareció a media mañana en un auto… no sé, un auto importante, coludo. Me acuerdo que era un día de semana. Y no va que escucho que me tocan la puerta a esa hora. Adelante, pase, digo yo, vio, acá a nadie se le niega la entrada. Y resulta que se aparece acá mismo, ahí donde está parado usted, se aparece este buen señor. Yo me quedé petrificada, no por miedo, vio, quién va a andar por acá metiendo miedo. No, sino porque nunca había visto a este hombre, y así vestido, puro traje, acá ni el intendente. Buen día, qué se le ofrece buen hombre, le digo. Necesito las llaves, me dice. Y no va que me lo dice así, sin saludar siquiera. Los dos sabíamos de qué llaves estaba hablando, así que no le anduve con vueltas. Y a usted quién lo manda, si se puede saber, le dije. Cómo quién me manda, me dice, soy el obispo. Ah sí, y yo soy la Virgen María, le contesto y empecé a recular para la cocina, le repito, no por miedo, vio, sino para agarrar algo, un palo, un cuchillo, algo, en la iglesia hay cosas de mucho valor, porque el hombre parecía envalentonado, además mentía, y a mí no hay peor cosa que me vengan con mentiras. Porque siempre digo, mire, si usted tiene algún pecado, alguna urgencia del alma, viene y me pide las llaves para entrar a confesarse ante los santos, cómo no lo voy a dejar entrar, allí yo le abro, usted reza todo lo que quiere, y después cierro yo de vuelta. ¿Pero usted no pensó que podía ser el obispo en serio?, le pregunto entonces a Carmen. Cuando me lo dijo sí, me contesta, pero después desconfié porque pensé que un obispo no podía ser tan maleducado. La cuestión es que se tuvo que ir a llamar al Intendente de Abra Pampa que lo conocía para que yo le abriera. Pero a las llaves no se las di, concluye y se ríe estirando el cuello hacia atrás.

CONTINUA…

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