Los Fuegos de Casabindo – Dos

Casabindo

DE PUNTA EN BLANCO

Desde varios kilómetros antes de llegar habíamos divisado la iglesia de Casabindo, su doble cúpula blanca que hiere los terrosos colores de las montañas en el oeste. La impropia edificación desordena el paisaje puneño desde hace casi trescientos años. Ahora, recorriendo el pueblo, notamos el agudo contraste con el adobe ávido de revoque de las casas. Casi todas muestran la eterna humildad que se enseñorea a lo largo de las estrechas calles de tierra. Los casabindenses saben que sus hogares podrán deshacerse ante el menor enojo, un castigo, un soplo de Dios. Pero saben también del cobijo de las gruesas y blancas paredes para la emergencia. La Iglesia promete la seguridad, la respiración que puede escasear en cualquier momento en esas casitas tan alejadas de ella, tan alejadas.

INTERIORES

Con precaución de novatos atravesamos el pórtico de la iglesia inmaculada. Lo primero que nos atrae es el formidable y lustroso bocallave de la puerta, recordamos entonces a Carmen. Nos recibe una vasta visión de santos y vírgenes enancados en sus unívocos camarines, cubiertos con flores de plástico y telas que antes habrán sabido proteger camas o trastos o enseres. El conjunto adorna los laterales colmados de la Iglesia. Sobre tablones, mesas y emergencias los colores de los estandartes de identificación y ruego agregan una presencia tranquilizadora. Desde ignotos paisajes han arribado, decididos a clausurar penas y dolores tolerados hasta hoy, la Virgen de Urkupiña, la del Valle, la de Copacabana, el Santo de la Botella, por nombrar a unos pocos. Llegadas desde ámbitos familiares, desde recónditos valles, desde lejanos y dadivosos templos vecinos, las imágenes ahora parecen competir con sus adornos y atuendos, dispuestas a participar del desfile del 15 de agosto. Para eso saldrán a medio día montadas sobre hombros complacientes a repartir bienes y esperanzas. Sumergidas en la viboreante procesión que avanzará colmada de ofrendas, atavíos, bombas, músicas y bailes, recorrerán unas pocas cuadras para volver pronto a la protección del templo. Y al atardecer, casi de noche, otra vez todas emprenderán el anual regreso a sus orígenes, seguras del deber cumplido, siempre montadas sobre el cansancio de los promesantes.

CORDERO DE DIOS

Intentamos retratar todo lo que circula por nuestra vista dentro de la iglesia. Y en ese vano afán nos asomamos a un vellón de lana de oveja ensangrentado que interrumpe la monotonía de santos, vírgenes y velas, debajo de una incierta mesita de madera. Hacia allí dirigimos la cámara apenas la sorpresa nos desatenaza. Descorremos unos centímetros el largo paño que protege la mesa y la lana, nos agachamos y aparece la roja realidad de una ofrenda. Un cordero que en un rato será ofrendado a la virgen, luce su reciente degüello y una gran abertura de su cuero, un intenso tajo en el lomo. Levantamos la vista, observamos las imágenes, las estatuas, los retablos, la gente, hoy nadie parece haber salido en defensa del cordero sacrificado tan exactamente. Volvemos a mirar los blancos vellones vencidos, la cara pétrea del animal, los ojos abiertos a la nada. La sangre ya se ha secado entre él, el piso y la cámara.

UNA MANO

Hay una mano largamente preparada para la ceremonia. Se puede intuir que la intención, la rogatoria que la sostiene procede de un tiempo infinitamente superior al que ha tardado en llegar hasta este pueblo de la Puna. El dueño de la mano ha tolerado la desordenada cola en la iglesia donde otras manos también pugnan por completar su recorrido, por trasladar al resto de sus cuerpos la suerte provista por la imagen que tocará. El dueño no piensa en esas otras manos competidoras, sólo lo alimenta el pedido, la súplica que ha traído hasta aquí, tal vez surcando quebradas y cerros, seguramente ensanchando el peso de caballos o ruedas. Y cuando la mano que lo antecede se retira, él desliza urgente la suya por el aire hacia adelante con la misma seguridad con que después moverá los labios. Ahora la apoya en el manto celeste e inerte tan ansiado. Y así, con la mirada en las alturas, buscando los ojos temblorosos de la Virgen, esos labios recitan su oración ensimismada. Con la última palabra surge el apuro de los que apuran detrás. Entonces el  promesante quita la mano ahora satisfecha, y emprende el regreso a su lugar con el lento entusiasmo de una próxima concesión segura.

COMIDAS

Sentimos la avidez por experimentar, por ensayar los trazos de esta cultura que parece tan distante, tan ajena. Y así nos asomamos a las comidas propias de la Puna, las comidas que se preparan obedeciendo a ritos heredados, las que se gustan entre todos, como hoy en Casabindo. Entonces nos acercamos a situaciones inéditas, como almorzar pegados a la culata de una desvencijada camioneta, protegidos del alto sol por una lona atada, estaqueada a cuatro palos vencidos de antemano. Y todo es novedoso, los platos con sus marcas de comidas pretéritas, el fuentón donde son lavados con aguas rendidas hace rato, el hollín de las ollas (de donde surgen imágenes que solicita el momento) sobre la leña encendida, las ropas, los atuendos, el pañuelo de la mujer que cocina y sirve. Y también novedoso es el breve trámite que ejecuta la mujer cuando le preguntamos por la sopa que está hirviendo y macerando en una cazuela añeja. Está a punto, está riquísima, dice, mientras saca la lengua desde una sonrisa desdentada y la desliza por la piel de la cuchara de madera que ha sacado humeante de la boca de la cazuela. Quieren probar, dice ofreciendo la cuchara, y se ríe con un gesto cordial y complaciente.

CONTINUA…

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