Los fuegos de Casabindo – Tres

Casabindo - Jujuy 1096

TOREO DE LA VINCHA

En los escasos treinta metros que separan la iglesia de la plaza Pedro Quipildor, casi encima del bajo paredón que la circunvala, la organización ha emplazado una improvisada tribuna de caños con cinco escalones de tablas. Es el único lugar para ver desde cierta altura. No tiene más de diez metros de ancho y sirve para que los más decididos pujen y se empujen largamente para subir. Cuando está por empezar el toreo de la vincha, en la escasa tribuna no cabe más un alma. Logramos intuir que en cualquier momento cede la estructura y todo termina de la peor manera. Después reflexionamos que tan cerca de las paredes de la iglesia no puede suceder tamaña desgracia.

Alguna razón nos asiste, ahora llegan varios policías con mandato especial. Con respeto les piden a los asistentes a la tribuna que se bajen, que ese preponderante lugar no es para ellos. La gente obedece mansamente, no discute, como sabiendo de antemano que ese lugar les es ajeno. Unos minutos después se acercan varios hombres de traje, no más de quince. Entre saludos, abrazos y besos, los trajes van tomando posición en los escalones más altos de la improvisación. Por los parlantes se anuncia que, tal como lo había prometido, ha hecho su ingreso a la fiesta el excelentísimo señor Gobernador de la Provincia junto con los ministros tal y cual. Así queda plenamente justificada, explicada la existencia de la única tribuna que modifica el paisaje. El público aplaude tan encumbrada visita.

EL ESPECTÁCULO

Como un pequeño patio delantero de la iglesia, la plaza encierra un vacío. En un ocioso cuarto de manzana, sólo dos árboles y un exiguo mástil en el centro pretenden otorgarle su status. El piso de arena enmarcado por el tapial bajo en todo su perímetro, contrasta en color y movimiento con las varias sendas de banderines blanco y amarillos que lo techan. Desde hace horas toda superficie horizontal vecina está ocupada por las asentaderas de turistas ávidos de la próxima contienda. Las copas de los escasos árboles se ven cubiertas de ropas multicolores. La precaria organización del evento se agiganta con la ansiedad del público por ver esta ceremonia, espectáculo único en el país y único en el mundo, fiesta con toros.

Alguien de apellido sencillo, alguien de la Comisión, corre en todas direcciones encerrado en el rectángulo de la plaza y tratando de que nada quede librado al azar. Sin embargo pareciera que el azar se obstina en mantenerse omnipresente sobrevolando la fiesta. Casi una hora después de que los alto parlantes anunciaran la aparición del primer toro, da comienzo la ceremonia que mal se ha llamado espectáculo.

Para el promesante que intentará enfrentar al animal de afiladas y preparadas aspas, su faena no consiste en matarlo ni mucho menos. Sólo lo mueve el afán de quitarle de entre los cuernos la vincha roja y ancestral que el vacuno esquiva, para ofrendársela a la Virgen. Es la clausura de  algún dolor propio o familiar el que lo anima, lo acicatea. De allí le nace el coraje imprescindible que ha juntado en todo el año para acometer al incomprensivo animal. Por fin el toro, el necesario protagonista se hace presente, por una puerta lateral lo empujan al ruedo. El sol de la Puna, en estas tres de la tarde, cae hiriente sobre la arena. El entusiasmo del público ahora se generaliza, creemos asistir a lo más importante que hemos venido a ver a Casabindo. Alegría

El animal recorre la arena bufando, se frena, mira al público inexplicable, araña el suelo con las pezuñas asustadas, parece dispuesto a no ceder fácilmente la cinta que luce entre los cuernos. Cuando aparece un chico veinteañero, desprovisto, de ropaje incierto, de zapatillas desatadas, es decir, cuando aparece el torero, empezamos a intuir la incertidumbre del final de la fiesta. Sin embargo cuando el promesante lo encara enarbolando un paño rojo, todo es gritos y oles, reina una algarabía consistente.

Ambos contendientes acuden al choque equipados con ciegos propósitos. Las risas comienzan a amainar. Algunos cuchicheos en la improvisada y frágil tarima que ocupamos, insinúan ciertas prevenciones. Todos caemos en la cuenta, como si nunca se hubiera sabido, de que se trata de un toro de verdad, con su pelaje, cuernos y sombras redondas bien puestos. De pronto sucede con inesperada logicidad el lógico golpe a la incordura. El animal se lleva por delante al improvisado torero y prosigue su vengativo camino arrastrándolo, pisándolo y enharinándolo por la arena. Las risas desaparecen y se transforman en oes de bocas y ojos.

El toro sigue embistiendo y nos conmueve la soledad desigual en que ha quedado el promesante. El silencio absoluto del público sólo se quiebra por los gritos de los altavoces y de los improvisados toreros de compañía que ahora salen al ruedo con trapos rojos a ahuyentar al animal embravecido, a pegarle, a reprenderlo, a tirarlo de la cola, y también, a pedirle a la virgen que interceda. Cuando logran distraerlo y sacarlo de la carne vencida, queda el promesante tambaleando su humanidad, con sólo la conciencia de intentar y lograr levantarse, sólo porque sabe que ha quedado demasiado maltrecho para seguir.

Mientras el torero golpeado es retirado de la arena la voz de la transmisión suplica por la ambulancia que está en las afueras de la plaza. Y allí comienza, en lugar del relato del encuentro taurino, una retahíla de quejas, llamados a los médicos que no estaban atentos, a la familia del herido, vanos intentos de ordenar desde el micrófono el operativo de atención médica. Y después a cada rato escucharemos la información pública al aire, la innecesaria información a los presentes sobre los avatares del viaje de la ambulancia a Abrapampa, a Humahuaca, a Jujuy y las escalas pertinentes.

Ahora adentro del ruedo, los promesantes con sus paños rojos en ristre no amainan en su fe. Ya hay otro improvisado torero que reemplaza al malogrado. Seguramente el que ingresa ahora bajo la renovación de algún entusiasmo del público, también tiene la certeza de que logrará sacar la vincha de entre los cuernos embravecidos. Está seguro que a él no le sucederá lo que al anterior, que él merece que la virgen lo acompañe en la búsqueda de la vincha colorada. Y así corre al encuentro del toro con un grito. Se detiene, se coloca a unos centímetros de las narices del animal, quieto. El toro lo mira desconfiado, como si lo oliera.

En el segundo intento de doblegar al animal suceden nuevos choques de morro y cuernos contra el torero. Otra vez el silencio se adueña de la plaza, otra vez hay humanidad vencida y revolcada por la arena. Entonces decidimos que no queda más nada para ver, de golpe se nos ha ido el entusiasmo por ver el toreo de la vincha. Salimos caminando por la calle que nos lleva hacia la feria de comida puneña. Detrás vuelven a escucharse gritos, oles y silencios.

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