EL SALAR DE UYUNI – UNO

Camino a Tupiza

Sobre la piel de la tierra existen ciertos tropiezos de la naturaleza, sobrevivientes de su historia, como viejas cicatrices en un cuerpo humano. Me refiero a los ojos de sal, sospechados y antiguos mares que nacieron en lugares equivocados, tal vez prohijados por océanos generosos. A estos extraños acontecimientos naturales se les llama generalmente salinas o salares. En el mundo hay muchos, de superficies y profundidades varias. Luego y además está el Salar de Uyuni, que no tiene parangón con ninguno, que empequeñece a cualquiera de ellos. Las cifras que lo definen son estrafalarias y de imposible acercamiento.

El salar adquiere el nombre del pueblo más cercano. El pueblo de Uyuni, desde hace un par de décadas, concentra la mayor cantidad de turistas extranjeros de Bolivia. Aunque uno coincide en hablar el mismo idioma que la mayoría de los bolivianos, aquí no puede dejar de sentirse hablante de un idioma extranjero entre tantos extranjeros. En los bares, en la plaza, en los albergues, las palabras vuelan o sobrevuelan con sonidos extraños a nuestros oídos.

Uyuni, el pueblo, está a unos trescientos kilómetros de La Quiaca-Villazón. Y aunque uno pueda suponerla como una distancia razonable para recorrer en un rato o en un día, les aseguro que el camino y sus circunstancias  impiden cualquier cálculo lógico de llegada. Un poco por los avatares propios de una ruta de difícil mantenimiento, pero más por las veces que debemos detenernos a disfrutar de vistas y lugares de extraordinaria singularidad. Esbozo un ejemplo, sólo uno de tantos. Al pasar por el pueblo de Atocha, la ruta, o mejor dicho, el camino arenoso, que viene bordeando un cerro, de golpe se lanza al cauce ancho y profundo y semiseco de un río, por una bajada que parece construida para una emergencia, para una sola vez. Y por el cauce circulamos bastante tiempo, sumergidos entre altos paredones. Pero el curso de agua está, va serpenteando, y entonces hay que vadearlo varias veces tratando de seguir alguna huella dejada por los que pasaron antes. Arriba, sobre la barranca derecha, el pueblo, el cementerio, la cúpula de la iglesia, lo que vemos desde abajo, se desarrolla como si todo se moviera en la costa de un puerto seco. También nos detienen médanos, que debemos superar con velocidad suficiente para no quedarnos, desvíos que nos llevan a conocer otros paisajes imposibles de imaginar, encrucijadas de caminos en donde tenemos que esperar un rato que pase algún jinete o arreador para que nos indique cómo seguir. En fin, tramo La Quiaca-Uyuni, un variado repertorio de obstáculos e intereses que demora gratamente el viaje mejor planificado.

Uyuni vive hoy casi exclusivamente por y para el turismo que va al Salar. Caminamos por las veredas escuchando una retahíla de ofertas turísticas en los más dispares idiomas posibles y creíbles. Pero no en castellano. El Salar nos espera, pretendemos ir en nuestro auto. Averiguamos, insistimos en el ente turístico, pero es imposible, no se puede ingresar con vehículo propio al salar, es necesario contratar un viaje con una empresa autorizada. Eso hacemos, averiguamos, regateamos, contratamos, mañana partimos temprano hacia nuestra experiencia salinera.

Continúa

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