EL SALAR DE UYUNI – DOS

Salar de Uyuni - Uyuni - Bolivia

La entrada a este inexplicable océano de sal se hace desde Colchani, un pequeño pueblo-souvenir. Podemos decir que Colchani tiene “costa” sobre el salar. A la salida del pueblo se produce el paso de la tierra a la sal. Recuerdo ahora “El Año de la Muerte de Ricardo Reis”, siempre me pareció a la vez enigmática y definitiva la frase con la cual comienza esta novela de José Saramago: “aquí acaba el mar y empieza la tierra”. Siempre visualicé esa escena como una línea categórica, dos universos separados por un tajo, pero a la vez como una inauguración hacia lo inexplorado. Eso siento ahora que nos hemos bajado del vehículo, cruzando esta línea exacta que divide el marrón terroso del blanco inmaculado, este cruce tierra-sal sin ninguna transición.

Partimos en una camioneta de doble tracción, carrozada para trasladar alrededor de ocho pasajeros. Son todas de este porte las que corren por el salar. Quien maneja cumple también las funciones de guía y cocinero para todo el grupo. La excursión contratada incluye alojamiento en un hotel de sal y también las ingestas. Por eso las camionetas llevan saturado el porta equipajes con los enseres, vituallas, pertrechos, provisiones necesarias para pasar tres días en lugares donde no hay absolutamente nada de lo que llevamos. Entre todo lo que sentimos que pesa y se agita sobre el techo se incluyen una garrafa para cocinar y dos bidones de nafta para completar el recorrido.

Las camionetas desde que entran al salar en Colchani, dejan dos trazos oscuros sobre la sal petrificada de la superficie sin horizontes. En algunos tramos circulan por una única huella en sus locos devenires por la inmensidad. Willy, nuestro guía, había recordado apenas salimos, todavía conmocionado, un accidente reciente. Llegamos al lugar, hollín, carbón, ofendiendo la blancura salada. Una cruz cristiana, una de David, restos tiznados, residuos de la quemazón. Lo dice Willy, tenía que pasar, uno era mi amigo, algún día tenía que pasar. Pero nadie lo previó, el Salar de Uyuni, moda turística mundial, incremento descomunal de turistas en los últimos diez años, choque de frente, bidones de nafta en el techo, trece muertos, más por quemaduras que por el mismo choque. Las camionetas siguen una sola mano, una sola línea recta y directa entre Colchani y los diferentes destinos, no hay por qué trazar dos. Cuando se encuentran dos vehículos de frente, parecía fácil, una se desviará, o lo harán las dos, una a cada lado de la huella. Sólo que esa fatídica vez los dos choferes eligieron desviarse hacia el mismo lado. Dos de la tarde, visibilidad perfecta, una recta infinita, los dos eligieron mal.

Necesitamos casi una hora de marcha rápida y monótona sobre la sal para llegar a la Isla del Pescado. Cuando Willy quita las ruedas de la huella oscura sentimos el crujir de la sal pisada por primera vez. Ahora estamos en una isla en el medio del océano que refulge. En los trescientos sesenta grados que nos rodean todo es blanco enceguecedor. Estamos pisando un error en el error, un tropiezo marrón en medio de la blancura de Uyuni, apenas un gran cascote erizado de cardones. Aquí almorzamos. Ayudamos a Willy a bajar del techo de la camioneta todos los enseres, vajilla, cocina, garrafa y elementos y admiramos sus habilidades para cocinarnos con tan poca comodidad, así, en la culata, en medio de un sol que provoca espejismos hacia donde uno mire. Cualquier fotografía fuera de la isla del Pescado tiene como fondo el blanco recortado en el horizonte por una confusa línea inalcanzable.

Continúa

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