EL SALAR DE UYUNI – TRES

Cementerio de trenes - Uyuni

Dormimos en Coqueza, en un hotel de sal. Suena raro, e inquieta, sobre todo a los que sufren de presión arterial. La habitación, simplemente cuatro paredes constituidas con bloques regulares de sal sólida en capas, ensamblados y fijados con una mezcla de sal y sal. Sentimos que caminamos sobre arena, escueta playa con límites. Pero es sal, imposible arrodillarse. El aire huele salado, la piel se resiente, se seca, los besos saben a sal. La humildad de las camas y demás muebles acuerda con la construcción. La luz se apaga a las nueve, una vela sobre la mesa de noche prolonga un rato las sombras. Nos vamos a dormir temprano, mañana queremos ver el amanecer en el Salar.

Con linternas salimos a un frío que traspasa todas las telas y pieles. No hay viento, sólo sentimos la solitaria altura de más de tres mil seiscientos metros sobre el nivel del mar, en cualquier momento se congela el aire. La bóveda oscura que nos aprieta se agrisa por la pululación de estrellas y cuerpos brillantes. Nos parece que la luz ha desaparecido de la faz de la tierra, que no llegará más, que el mundo permanecerá así, en esta oscuridad lechosa que derrama el cielo y que transforma el Salar en una visión fantasmagórica. Luego, de a poco, comenzamos a saber adónde queda el naciente, las mínimas partículas de luz comienzan a deslizarse desde allí. Y nuestras ropas siguen siendo insuficientes para los quince o veinte grados bajo cero que estamos soportando. Nubes que se colorean de a poco, un celaje moderado comienza a estremecernos, nos obliga a quitarnos los guantes para poder disparar y apresar el instante. Quisiéramos que cada segundo se estirara hacia la eternidad, poder concentrar en cada grano de arena del tiempo la perpetuidad de nuestras miradas. Los horizontes comienzan a perfilarse de a poco. Aparecen las sombras largas de nuestros cuerpos estirándose sobre la sal. Con la llegada de la luz más decidida, van apareciendo todas las imágenes en plenitud. Divisamos cerca de nosotros a los primeros flamencos alimentándose en una exigua laguna. Ahora el Salar vuelve a aparecer magnífico, indudable. Volvemos a ser pequeños invasores de tanta armonía, de tanto silencio.

LAGUNAS

En una especie de triángulo ubicado al sur del Salar y cuyo vértice inferior se acomoda contra el extremo noroeste de nuestro país, se desarrolla la Reserva Natural Eduardo Avaroa. Se creó esta reserva en 1973 para proteger la flora y la fauna del lugar, irreproducible en cualquier otra parte del mundo. Pueblan esta zona géiseres que elevan al cielo sus fumarolas intensas, y, lo principal, una serie de lagunas de origen glaciario, que hace más de cuarenta mil años formaba parte de un mar mayor que el salar actual. Algunas características de aquellas aguas han hecho que la sabiduría popular les otorgara denominaciones vinculadas con ellas. Así aparecen en el recorrido la Laguna Verde, la Laguna Hedionda, la Laguna Honda, la Laguna Colorada. Sin dudas es ésta la más atractiva, nidifican allí alrededor de treinta mil flamencos de tres variedades diferentes. Pero lo que se destaca es el color de sus aguas, con variedades de rojos que dependen de la hora y los reflejos del sol, y van, en ocasiones, desde el rosado al marrón, pasando por rojos sangre, bordó, morado. Estos colores los producen una gran cantidad de algas que se desarrollan en estas alturas de los cuatro mil seiscientos metros. Imposible circular por esta zona de insólitos colores si no se anda en camioneta de doble tracción, como la que nos lleva.

CEMENTERIO DE TRENES

Si hay algo fotogénico en un viaje es un vagón o máquina de tren abandonados, su soledad marrón, el ataque sostenido de la herrumbre. Aunque esta visión nos genere una tristeza difícil de igualar. Esto sucede en este cementerio, tal vez el cementerio de muertes no humanas más grande del mundo. A pocas cuadras del pueblo de Uyuni, permanecen desde hace una centuria dos largos convoyes de hierros vacíos, oxidados, huecos, que alguna vez estuvieron alzados sobre las vías. Ahora sus ruedas, lo que va quedando de ellas, están clavadas hasta los ejes en un arenal que parece que un día se va a devorar el conjunto. Aquí los han dejado, aquí han quedado seguramente por alguna decisión provisoria que se eternizó.

La versión más creíble es que este material rodante integraba los convoyes que transportaban sal y salitre hacia y desde Antofagasta, en Chile. Luego de la guerra del Pacífico, luego de la ruptura de relaciones entre los dos países, las vías tendidas entre ellos quedaron interrumpidas, inutilizadas, así como todo el material rodante que se usaba. El color y la redondez de los vagones, este marrón estampado contra el horizonte, se constituye en una prueba más de la estupidez humana. O mejor, de la necesidad de gloria, conquista y poder del hombre.

Nos vamos de Uyuni. Sabemos que nos quedan doscientos kilómetros hasta Tupiza. Por lo que nos dicen, nos llevará el día entero llegar hasta allí. Sentimos que Bolivia se nos está yendo, que el Altiplano comienza a alejarse.

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