Cómo empezó todo

anteojos de viajar
Todo aquello que en la naturaleza intente volar necesita dos alas.
Éste que iniciamos será un vuelo sin solución de continuidad, montado sobre dos alas singulares: el viaje y la literatura.
El viaje nos enriquece, nos acrecienta si viajamos por textos propios y ajenos, con palabras nuestras y de otros, con vientos locales o universales.
Intentaremos viajar por ciudades y desiertos, por encierros y descampados, por amores, bellezas y locuras. Ése será nuestro norte, o mejor dicho nuestro Sur, Sur del mundo, por aquí transitaremos descubriendo nuevos-viejos territorios.
Viajaremos, escribiremos, leeremos sobre rutas, caminos, senderos y picadas.
Trataremos de dejar caer el lastre de las ataduras y, provistos de la improvisación, saldremos al ruedo del camino. Y siempre, siempre montados en nuestros vehículos viajeros: las palabras. Las palabras como vagones de un ferrocarril incesante que permanece.
Este pequeño universo de palabras e imágenes gira alrededor del viaje, y por ahora, arranca con aquel primer recorrido que hice por la 40 en el verano de 2005. Ya por entonces fui añadiéndole al viaje, y volcando en improvisados cuadernos, las voces que me acercaba la ruta.
En años posteriores fui revisitando diversos tramos de esta ruta que amo y de esas nuevas experiencias también habrá fotos y textos que corrigen o mejoran el viaje original.
Y en los últimos años, esta especie de peregrina celebración se ha completado con la compañía de la Maga, mi Colibrita viajera. Ella es la persona que desde la derecha del habitáculo no deja nada sin fotografiar, con su cámara, con su cuaderno o con sus cinco sentidos montados sobre el espíritu del viaje. De su cuaderno alado seguramente nacerán varios de los textos más poéticos que podremos leer.

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